"Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en
un whisky on the rocks"
Sabina
Si hubieras pisado con fuerza
te habrías dividido en imágenes inconcretas,
en curvas populares de mis mil avenidas.
Habrías llorado con la calma de los santos
o caído mil veces como un dios maldecido.
Me habrías pensado con tus alas de cera quemada,
me habrías nombrado.
Ya no me ahogaré en tu vértice,
leeré en voz alta tu piel como un palíndromo,
ni callaré en tu brazo como un niño cansado.
Ya no habrá tinta para definirte,
nunca lloraremos juntos la partida de un amigo,
no despertaremos juntos a la hora prohibida
ni callaremos con besos la nostalgia
que cabalgó alguna noche tus suspiros.
Si volvieras
y pisaras con fuerza
podrías ser la última fruta de mi llanto
o el hechizo que pronuncia un ciudadano.
Podrías tu enroscarte en mi abrazo
podría yo ser menos miserable,
podría decir que te tengo,
podría decir que me importa.
martes, septiembre 26, 2006
martes, septiembre 19, 2006
REMINISCENCIA

Después de mirar a su alrededor pensó que la noche en aquel lugar era tal como la recordaba. Quizá era mejor así, más fácil. Se dio cuenta de que no había olvidado al pueblo como hubiera querido, que todos esos años de ausencia no eran sino la confirmación de un deseo inalcanzable, de un engaño. Si algo odiaba no era más que descubrir en sí mismo la angustia, terrible y definida, de aquel pueblo que no quería reconocer como propio. No tuvo otra alternativa mas que aceptarlo cuando, en la niebla de una madrugada que le pareció repetida, apoyándose en su bastón, bajó del autobús destartalado y miserable que lo había devuelto a aquel lugar, vomitándolo al frío de una estación que parecía erigirse únicamente para él, para recibirlo con un familiar sarcasmo muchos años después de haberlo despedido con familiar desprecio.
Alguien escuchaba en la radio un bolero debilitado. Cuando el ruido del autobús se había perdido, confundiéndose con las primeras luces del amanecer oscurecidas por la niebla -esa niebla gris y amarillenta que pesaba más que el revólver que llevaba en el bolsillo de su gabardina-, echó a andar. Sabía que llegaba al pueblo donde tantos años atrás había muerto, para morir de nuevo. Sus pasos eran los de un anciano.
La casa era tal como la recordaba. Un niño lloraba en el interior. En el jardín pesaban aún las señales de una lluvia fuerte. Sintiendo la humedad, él también se echó a llorar. No necesitaba llave alguna: desapareció tras la puerta. Una luz se encendió dentro del hogar. Sólo un disparo se escuchó detrás de las viejas paredes del caserío. No hubo más llantos.
domingo, septiembre 17, 2006
Los que caminan de noche
A Diego
Si se sentasen a recordar
aquellas noches perdidas en la gran noche
y la sangre que aprisionaron sus puños
Si cambiaran sus nombres, sus rostro
la luz que los dio a luz
si perdieran en el humo de una explosión
el astuto recurso para callar
Sólo entonces, sin certidumbres
sus dedos serían mutilados
el día, lejano, tan lejano
que de sus sonrisas no vierta el llanto
Ajenos a la muerte
ocultos de la vida
prendidos de un llamado que no existirá
comparten la desigualdad de las noches y las sombras
Pero en las mañanas,
cuando vuelven a sus sombreros
y las manos plantean nuevos lamentos
piensan que las letras y la sangre son uno
tE La ArañA

Se encienden las linternas, el cuarto empapado con humo, rota, sobre su cabeza; lo mira, desde las paredes, entre los hilos y la espiral.
Se recoge, se achica y tensa mientras la noche lo respira; cuándo cesarán las voces, se calmará como una brisa, hallará entre ramas su verdor, y recordará que otro siglo ha pasado.
se apagan,
giran y cambian de colores
Ya son grandes y pequeñas, repitiéndose en un cielo que nadie ve; mira el techo. Huele sus manos, se mueve sin pensamientos
y quiere volar, como un río.
¡Qué fácil se volvería la vida si la guardáramos entre cristales!
NUBES
Caminaba por un desierto
a la izquierda vi un grillo
y una rueda de granito
de olor a palma joven
En el aire oía voces
luces de ventisca
sangre allende las ventanas
recorriendo un sendero de lluvias
Caminaba por un desierto
buscaba algo de calor
las piernas se rompían
como agujas
El grillo ya eran mil grillos
ya era una epidemia
las voces callaban
la luna rota en siete partes
Esa era mi morada
ahí bailaba con los duendes
luego y no antes o después
ahora tengo alma
a la izquierda vi un grillo
y una rueda de granito
de olor a palma joven
En el aire oía voces
luces de ventisca
sangre allende las ventanas
recorriendo un sendero de lluvias
Caminaba por un desierto
buscaba algo de calor
las piernas se rompían
como agujas
El grillo ya eran mil grillos
ya era una epidemia
las voces callaban
la luna rota en siete partes
Esa era mi morada
ahí bailaba con los duendes
luego y no antes o después
ahora tengo alma
A LAS MONTAÑAS
Dos piedras miraban un río pendiente abajo
un arco iris se movía por el firmamento
rotos los sentidos
tras las montañas
Como canción de cuna, se dibuja un agridulce clan,
mejillas, historias, luces en el ojo de un hombre despierto
agradable canción de azul rostro
mira el ocaso, y sus circulares formas
A la historia le cuenta,
una canción de silencios
algo que se borra cuando
sopla el viento
Se decían, juntas y lejanas
dos piedras mirando al río
azul el corazón, las caras,
rojas las montañas
Cuando se vaya el sol, y los sentidos vuelvan
un arco iris se movía por el firmamento
rotos los sentidos
tras las montañas
Como canción de cuna, se dibuja un agridulce clan,
mejillas, historias, luces en el ojo de un hombre despierto
agradable canción de azul rostro
mira el ocaso, y sus circulares formas
A la historia le cuenta,
una canción de silencios
algo que se borra cuando
sopla el viento
Se decían, juntas y lejanas
dos piedras mirando al río
azul el corazón, las caras,
rojas las montañas
Cuando se vaya el sol, y los sentidos vuelvan
lunes, septiembre 04, 2006
EL EJE DEL PENDULO

PARA ANA, O MAS BIEN, POR ANA
Por fin pude reír estando frente a este maldito espejo. Aqui, de rodillas, con el peso de haberme sentido rendido durante tanto tiempo y de repente bbbbssssbbbjj el falso silencio se corta, caen las dos escamas que me habían cegado durante tanto tiempo y mis ojos muestran una criatura endeble, insostenible, resbaladiza como agua entre los dedos, necesaria como aire en los pulmones, me muestran una criatura elemental, completamente lejana a la carne, templo de tantos miedos y rencores, de tanto deseo de venganza, de tantos deseos en general.
Mis posicionamientos dejaron de tener sentido, vi mas allá de mi centro, ya no como un simple caracol, sino como una entera armonía con todo el baile que afuera de mí se estaba llevando a cabo. La idea del péndulo ya está clara, yo sufría cuando era feliz porque esperaba con ansias la vuelta desgraciada del dolor, pero ahora sé que ese péndulo nunca es el mismo de ida que de vuelta, como la física que hace escuchar las cosas de distinta forma dependiendo de si se acercan o de si se alejan. Ahora vi que el péndulo cuelga de algo, algo lo sostiene arriba y es lo que define su movimiento espiralado.
Ver significó mucho para mí, fue más allá del hecho de descomponer la energía que se comprime con el fin de enseñarme las cosas materiales, fue más allá de mirarme como parte de un entramado eterno, fue más allá de poder darme cuenta del patrón esencial de la telaraña mística que nos envuelve. Dejó de tener sentido para mi ese maldito deseo de venganza que estaba corrompiendo mi vida y que buscaba acabarla. Ahora acepto la muerte de mi hijo como la partida de un hombre libre. No me culpo por su tristeza, ni siquiera estoy seguro de que se haya matado por estar triste. Recuerdo que en los tantos encontrones que tuvimos con la muerte, el siempre guardaba su sonrisa, pero se le escapaba por los ojos.
Amaba a su madre, y en su funeral sus ojos brillaban con la felicidad de un padre que ve regresar a sus hijos. Habló largo rato conmigo esa noche, extraña actitud que contradecía su naturaleza, enfermiza, de buscar silencio mental. Ahora entiendo lo que una vez me dijo: El que mas calla menos silencio hace, ahora entiendo por qué me habló tanto este último tiempo. Fui tan feliz escuchándolo divagar acerca de su vida, de la mía, de lo inútil que es estar parado en un mundo tan lleno de velos que estan constantemente encubriendo una verdad con una seducción, y sin embargo me habló también de lo hermoso que es estar feliz por el simple respirar de aunque sea un aire tan podrido como el que ahora respiramos todos.
Ya no quiero que mi sangre redima la muerte de Ramón, ya no busco mi fin para encontrarme con ellos, con mi esposa, con mi hijo, con mis padres y con todos los que se han ido, pues ahora sé que nunca más los volveré a ver, ni a sentir, ni a querer buscarlos. Allá, en el otro lado, no se siente nada. Ilusos religiosos que temen el calor del infierno, que aspiran a la paz del cielo. Eso de sentir le corresponde a la carne, más allá del cuerpo solo existe vibración y equilibrio, y ahí, en ese equilibrio, es en donde se asientan las tontas metáforas de la fe.
Ya no quiero matarme para vengar a mi hijo, pues ahora sé que él no murió por mi, y lo sé no por haberme convencido de que fui un buen padre, pues quizá eso es mentira, sino por haberme convencido de que matarme no es necesario aun.
Ahora puedo reír viendo cómo el espejo refleja mi sangre, pero no la sensación de estorbo que me provoca. Ya no la quiero ver, ya no quiero sentir su abrazo cálido ni ninguna de esas pendejas posturas, supuestamente oscuras, que asechan aun en mi vejez. Por ahora la soledad ha vuelto, como cuando era un tonto adolescente que se creía completamente triste y completamente solo, pero esta vez como algo un poco mas real o un poco menos falsa . Puedo reír sintiendo lo ridículo de todas mis penas. Quizá este abandonando mi humanidad, quizá este volviéndome parte de esa vibración que nada siente. . . Pero que sea no por mi voluntad.
Aun siendo viejo sigo así, lastimándome, siendo débil frente a la tristeza, siendo cobarde frente a la soledad, siendo firme frente a la mentira que he mantenido tanto tiempo. Por fin puedo reír viéndome en el espejo, y ya no evitarlo tanto, esquivarme incluso en el momento de afeitarme, de peinarme, de lavarme los dientes o la cara. Siempre he sido tan cobarde. Esta cuchilla, compañera falsa, que ha estado conmigo ya casi 37 años, solo guarda la sangre de mi postura asquerosa. Ahora entiendo que debo esforzarme en no esforzarme. Mi misión en la vida es respirar.
Por ahora solo quiero ir a la mecedora y que ella no me recuerde en su vaivén lo que es estar atado al tiempo. Siento en verdad no estar atado a nada, pero temo que el traicionero golpe del péndulo lleve mi paz a los dominios del olvido.
jueves, agosto 10, 2006
ROJO Y NEGRO
El uno ha encontrado la ciencia universal
y no sabe como morir para escapar
a las torturas de su triunfo
E L
La desesperante batalla contra el insomnio había terminado, sabía que no tenía más que esperar a que sus ojos decidan cerrarse tras la voluntad del sueño. Pensó en la música, pero esos días nada lograba satisfacerlo. Las melodías de siempre le resultaban o tediosas o estridentes, su música se dejaba ver siempre igual, bajo el hechizo de la monotonía que había dormido a su inspiración desde hace mucho tiempo. El silencio le resultaba pesado, cargado del llanto de los tristes que ven en la noche ese rincón perfecto para ser invisibles.
Hurgó en el desorden del piso y encontró la cajetilla, arrancó el filtro de un cigarro y lo encendió luego de dos cerillos suicidas, o de que la torpeza de sus manos cansadas se concentrara en temblar alrededor de la punta. Las frenéticas chupadas llenaban al cuarto con el grito del cigarrillo, la música del fuego. Su incandescente punta lo seducía, el sonido parecía quemar todos los llantos que percibía en el aire nocturno, todas las penas que le resultaban ridículas. Pensó en la punta como una mujer enamorada, y su abrigo que lo protegía del mundo, su pasión siempre encendida, que resplandecía cada vez que él jugaba con sus labios en su cuerpo. Pensó en Morgana, la vio
El instinto del que todos hemos padecido o con el que todos hemos disfrutado, lo llevó a jugar con el calor, con la divina satisfacción que le daba el manipular la impredecible forma del fuego. Se enamoró del cáncer. Hacía el amor con el dolor que le provocaba, tan distinto al causado por cualquier mujer, lejano a cualquier dolor enviciante que lo cegaba y lo llevaba de la mano al mundo gris que tanto aborrecía. El dolor del cigarro lo apartaba, lo convertía en un ser arrogante, peligroso o simplemente estúpido, pensaba en lo bueno de cualquier cosa que lo excluyera de sus visiones diarias.
Fumó el cigarro hasta quemarse los dedos, y se sintió poseído. A su lado Morgana descansaba, y no podía creer la pasividad con la que lo hacía. Lo apagó en sus caderas y ella despertó con un grito, justo con el grito que él esperaba oír en esa noche tan cargada de penares ajenos. Se ahogó el silencio pesado, empezó el rito de seducción.
Morgana estaba alterada, avivada, intensificada por el dolor que el fuego grabó en sus caderas. Él, excitado, no podía dejar de ver la hipnótica cicatriz que había dibujado en la carne de su amada. Morgana volvió a hurgar en el desorden del piso, encontró los tabacos y encendió uno. Fumaba y, siempre callada, se daba pequeños toques alrededor de la nueva herida, él sonrió pensando en la posibilidad de haber escuchado su mente
- ¿Estas retocando mi obra?
- Imbécil, que idiota, me dolió… sabes que soy adicta.
Ella fumó una última vez y estiró el brazo izquierdo, el se abalanzó sobre el cigarro, justo antes de que Morgana lo apagara en la piel pulcra de su lado zurdo. Fumó una última vez y desprendió el cogollo encendido sobre la palma de su mano. Se consumió por completo bajo la delirante mirada de ambos. Luego, él saltó encima de su mujer, la besó con la delicadeza con la que se fuma en una noche de luna. Pero Morgana lo rechazó. Se paró, se vistió y se fue en un rito siempre temido por el.
Esperó en la casa, sentado, oyendo la pesada melodía de su tristeza, intuyendo el regreso, caminando, fumando, sintiendo miedo, parado, acostado, lejos de la guitarra. Pasaron dos noches, y a la tercera, la puerta rechinó. Él salió de su posición fetal y la vio, como iluminada con un fulgor desconocido. Se acercó a la cama y se desvistió, fue cuando él se puso blanco al ver que en su espalda resaltaba el relieve de cientos de cicatrices. Ya en la cama ella rompió el silencio
- No puedo explicarte porqué están ahí, sé que no me lo creerías.
El silencio y la noche devoraron sus mentes, cayeron dormidos con miedo y los dos soñaron con gusanos enroscados en sus vientres. La noche se fue en medio de los gemidos de angustia de ambos . Al despertar, las cicatrices habían desaparecido.
y no sabe como morir para escapar
a las torturas de su triunfo
E L
La desesperante batalla contra el insomnio había terminado, sabía que no tenía más que esperar a que sus ojos decidan cerrarse tras la voluntad del sueño. Pensó en la música, pero esos días nada lograba satisfacerlo. Las melodías de siempre le resultaban o tediosas o estridentes, su música se dejaba ver siempre igual, bajo el hechizo de la monotonía que había dormido a su inspiración desde hace mucho tiempo. El silencio le resultaba pesado, cargado del llanto de los tristes que ven en la noche ese rincón perfecto para ser invisibles.
Hurgó en el desorden del piso y encontró la cajetilla, arrancó el filtro de un cigarro y lo encendió luego de dos cerillos suicidas, o de que la torpeza de sus manos cansadas se concentrara en temblar alrededor de la punta. Las frenéticas chupadas llenaban al cuarto con el grito del cigarrillo, la música del fuego. Su incandescente punta lo seducía, el sonido parecía quemar todos los llantos que percibía en el aire nocturno, todas las penas que le resultaban ridículas. Pensó en la punta como una mujer enamorada, y su abrigo que lo protegía del mundo, su pasión siempre encendida, que resplandecía cada vez que él jugaba con sus labios en su cuerpo. Pensó en Morgana, la vio
El instinto del que todos hemos padecido o con el que todos hemos disfrutado, lo llevó a jugar con el calor, con la divina satisfacción que le daba el manipular la impredecible forma del fuego. Se enamoró del cáncer. Hacía el amor con el dolor que le provocaba, tan distinto al causado por cualquier mujer, lejano a cualquier dolor enviciante que lo cegaba y lo llevaba de la mano al mundo gris que tanto aborrecía. El dolor del cigarro lo apartaba, lo convertía en un ser arrogante, peligroso o simplemente estúpido, pensaba en lo bueno de cualquier cosa que lo excluyera de sus visiones diarias.
Fumó el cigarro hasta quemarse los dedos, y se sintió poseído. A su lado Morgana descansaba, y no podía creer la pasividad con la que lo hacía. Lo apagó en sus caderas y ella despertó con un grito, justo con el grito que él esperaba oír en esa noche tan cargada de penares ajenos. Se ahogó el silencio pesado, empezó el rito de seducción.
Morgana estaba alterada, avivada, intensificada por el dolor que el fuego grabó en sus caderas. Él, excitado, no podía dejar de ver la hipnótica cicatriz que había dibujado en la carne de su amada. Morgana volvió a hurgar en el desorden del piso, encontró los tabacos y encendió uno. Fumaba y, siempre callada, se daba pequeños toques alrededor de la nueva herida, él sonrió pensando en la posibilidad de haber escuchado su mente
- ¿Estas retocando mi obra?
- Imbécil, que idiota, me dolió… sabes que soy adicta.
Ella fumó una última vez y estiró el brazo izquierdo, el se abalanzó sobre el cigarro, justo antes de que Morgana lo apagara en la piel pulcra de su lado zurdo. Fumó una última vez y desprendió el cogollo encendido sobre la palma de su mano. Se consumió por completo bajo la delirante mirada de ambos. Luego, él saltó encima de su mujer, la besó con la delicadeza con la que se fuma en una noche de luna. Pero Morgana lo rechazó. Se paró, se vistió y se fue en un rito siempre temido por el.
Esperó en la casa, sentado, oyendo la pesada melodía de su tristeza, intuyendo el regreso, caminando, fumando, sintiendo miedo, parado, acostado, lejos de la guitarra. Pasaron dos noches, y a la tercera, la puerta rechinó. Él salió de su posición fetal y la vio, como iluminada con un fulgor desconocido. Se acercó a la cama y se desvistió, fue cuando él se puso blanco al ver que en su espalda resaltaba el relieve de cientos de cicatrices. Ya en la cama ella rompió el silencio
- No puedo explicarte porqué están ahí, sé que no me lo creerías.
El silencio y la noche devoraron sus mentes, cayeron dormidos con miedo y los dos soñaron con gusanos enroscados en sus vientres. La noche se fue en medio de los gemidos de angustia de ambos . Al despertar, las cicatrices habían desaparecido.
miércoles, agosto 09, 2006
Nada
Alguien acaricia el silencio de esta noche difunta.
Ni la muerte se atreve a tejerme un suspiro.
Entre tanta inmensidad de vacío,
entre tanta nada
se levanta
La puntualidad de la nostalgia a medianoche,
la inutilidad e impertinencia de la palabra,
el alma arrodillada que se humilla,
la mano extendida que clama por otra,
el aire que se escapa de mis dedos retorcidos,
la ausencia voluntaria de algún dios,
la silueta de quien me abandona,
la sospechosa ausencia de la luz,
los otros usos de la lágrima,
el dolor y su amarga resignación al tiempo,
la imperiosa necesidad de llorar con mi pluma.
Nada queda más que el grito apagado
que se filtra entre estos versos
que mi tinta ha desnudado.
Nada más que algún nombre mojado,
húmedo entre la saliva,
tibio, atrapado.
En esta noche que muere
soy yo quien extiende raíces al vacío
Soy yo quien acaricia al silencio.
Ni la muerte se atreve a tejerme un suspiro.
Entre tanta inmensidad de vacío,
entre tanta nada
se levanta
La puntualidad de la nostalgia a medianoche,
la inutilidad e impertinencia de la palabra,
el alma arrodillada que se humilla,
la mano extendida que clama por otra,
el aire que se escapa de mis dedos retorcidos,
la ausencia voluntaria de algún dios,
la silueta de quien me abandona,
la sospechosa ausencia de la luz,
los otros usos de la lágrima,
el dolor y su amarga resignación al tiempo,
la imperiosa necesidad de llorar con mi pluma.
Nada queda más que el grito apagado
que se filtra entre estos versos
que mi tinta ha desnudado.
Nada más que algún nombre mojado,
húmedo entre la saliva,
tibio, atrapado.
En esta noche que muere
soy yo quien extiende raíces al vacío
Soy yo quien acaricia al silencio.
martes, agosto 08, 2006
DIOS NIGROMANTE
Sentado frente al desfile, cansado.
Con las rodillas llenas de sangre, las manos duras
y las penas desnudas bailoteando alrededor de mi corona.
El suelo caliente marca el devenir del tiempo:
ríos, piedras fundidas en un grito, canto para ciegos enamorados.
La luna y su incesante parpadeo,
los días tambaleándose entre luz y oscuridad
al igual que las mil metáforas de los hombres
El diario ejercicio de la nigromancia
sacude mi paz, la que habita
dentro de las tantas muertes a las que acecho,
el orgasmo, el sueño, la risa,
la envidia de un dios que a diario se humaniza
por los dos segundos en los que me despoja de todo
y me arroja a la vigilia de la vida y el tiempo.
Me despierta y, como títere de humo,
hace que mi vida penda del viento impredecible.
Los diamantes del sol trizan mi mirada de cristal,
el ojo cíclope de la noche masturba mi tristeza.
Esta existencia tan mía, transfigura en un ente
que repta, deseoso de ver a sus encías
ensangrentadas por haber mordido hasta el último reloj,
el ultimo segundero, la ultima melodía humana.
Infame hijo del sol y de la luna
tiempo arcaico de Mayas, de Celtas, de Incas,
ennegrecido por el humo de las industrias,
elevado al espacio sublime del miedo
en donde el hombre ve su condena
en ese caminar musical que surca
fértiles suspiros llenos de odio.
Siempre detrás del inevitable fracaso,
siempre huyendo del postrero silencio.
Tiempo de piedra, no te congeles
desaparece...conmigo
Con las rodillas llenas de sangre, las manos duras
y las penas desnudas bailoteando alrededor de mi corona.
El suelo caliente marca el devenir del tiempo:
ríos, piedras fundidas en un grito, canto para ciegos enamorados.
La luna y su incesante parpadeo,
los días tambaleándose entre luz y oscuridad
al igual que las mil metáforas de los hombres
El diario ejercicio de la nigromancia
sacude mi paz, la que habita
dentro de las tantas muertes a las que acecho,
el orgasmo, el sueño, la risa,
la envidia de un dios que a diario se humaniza
por los dos segundos en los que me despoja de todo
y me arroja a la vigilia de la vida y el tiempo.
Me despierta y, como títere de humo,
hace que mi vida penda del viento impredecible.
Los diamantes del sol trizan mi mirada de cristal,
el ojo cíclope de la noche masturba mi tristeza.
Esta existencia tan mía, transfigura en un ente
que repta, deseoso de ver a sus encías
ensangrentadas por haber mordido hasta el último reloj,
el ultimo segundero, la ultima melodía humana.
Infame hijo del sol y de la luna
tiempo arcaico de Mayas, de Celtas, de Incas,
ennegrecido por el humo de las industrias,
elevado al espacio sublime del miedo
en donde el hombre ve su condena
en ese caminar musical que surca
fértiles suspiros llenos de odio.
Siempre detrás del inevitable fracaso,
siempre huyendo del postrero silencio.
Tiempo de piedra, no te congeles
desaparece...conmigo
martes, agosto 01, 2006
Regreso al hogar en ruinas
A C.
Incapaz de ti
tropiezo con tu nombre,
sonido infiel,
memoria difuminada,
eclipse celeste encerrado en su silencio.
–Hoy casi he podido olvidarte–
Incapaz de ti
abrigo tus formas,
demenciales permutaciones de la noche,
occisos adolescentes
urgidos en la turgencia del beso.
Incapaz de ti
puedo fingir,
jugar a la depresión,
respirar vidrios rotos,
sentir honesta alegría.
–Eras hermosa cuando te encontré,
hoy casi pude olvidarte
creo, algún día podré humillarte–
Incapaz de ti
puedo esperar,
acompañar al alcohol,
provocar círculos de hombres,
regresar a una página leída,
seducir a mi espera,
descansar en tu recuerdo.
Incapaz de ti
puedo olvidar
o sostener colores antiguos
con las pinzas de la edad,
puedo olvidar
o prodigar lágrimas esquivas
con el tormento de la ausencia,
puedo olvidar
u obsesionarme en tu decadencia,
en mi escritura infame.
–Hoy te olvidé: sentencia de muerte–.
Poema premiado en el Concurso Nacional de Poesía Escrita organizado por el Centro Internacional de Estudios Poéticos del Ecuador
Incapaz de ti
tropiezo con tu nombre,
sonido infiel,
memoria difuminada,
eclipse celeste encerrado en su silencio.
–Hoy casi he podido olvidarte–
Incapaz de ti
abrigo tus formas,
demenciales permutaciones de la noche,
occisos adolescentes
urgidos en la turgencia del beso.
Incapaz de ti
puedo fingir,
jugar a la depresión,
respirar vidrios rotos,
sentir honesta alegría.
–Eras hermosa cuando te encontré,
hoy casi pude olvidarte
creo, algún día podré humillarte–
Incapaz de ti
puedo esperar,
acompañar al alcohol,
provocar círculos de hombres,
regresar a una página leída,
seducir a mi espera,
descansar en tu recuerdo.
Incapaz de ti
puedo olvidar
o sostener colores antiguos
con las pinzas de la edad,
puedo olvidar
o prodigar lágrimas esquivas
con el tormento de la ausencia,
puedo olvidar
u obsesionarme en tu decadencia,
en mi escritura infame.
–Hoy te olvidé: sentencia de muerte–.
Poema premiado en el Concurso Nacional de Poesía Escrita organizado por el Centro Internacional de Estudios Poéticos del Ecuador
jueves, julio 13, 2006
un caracol fuera del circulo
Silencioso, desenvuelvo mi pena
acabados los dos segundos que me harían libre.
Opto por el descabellado intento de volar hacia abajo.
Los cristales marcan las huellas de mis pasos:
divagaciones póstumas de un niño que no quiso crecer
anhelos vírgenes de un anciano con miedo.
Marcas indescifrables de lo que es estar atado
a la rueda imperecedera del tiempo
y sus colmillos afilados sobre las esperanzas de los tristes.
Huellas que dejan en mis suspiros
llagas perversas, alojadas en las arrugas de mis ojos
arrugas que delatan la macilenta fuerza de mis manos,
manos que esconden un secreto,
que surcan con música en el aire gris que nos corroe
Discreta contemplación del que tiene miedo de asomarse,
y se ve arrodillado frente a él mismo
agotado por tratar de escapar,
harto de querer dejar un cuerpo cansado de sostenerse
sobre ideas vanas, que lo definen como siervo
Un niño triste busca nuevos laberintos, ya no grises ni azules.
Las luces que lo cegaron ya no llaman a su instinto.
Niño triste que aprendió el arte de caminar en los bosques
viendo siempre, firme, hacia una estrella,
solo una, siempre la misma, la que posiblemente esté muerta
La esperanza es lo primero que un hombre libre deja a un lado.
La espera deja de ser una mujer vestida de negro
ve con odio a la leche, con odio mira el suelo
Niño que aprendió a defenderse
gracias al sempiterno arte de odiarse a él mismo
Palabras que no encuentran un caracol
por donde caer libres hacia el centro,
palabras que no encuentran defensas,
escudos lanzados al fuego
el agua fría que lo oxida todo
Nadie sabrá entender
lo que un hombre hace por perderse…
acabados los dos segundos que me harían libre.
Opto por el descabellado intento de volar hacia abajo.
Los cristales marcan las huellas de mis pasos:
divagaciones póstumas de un niño que no quiso crecer
anhelos vírgenes de un anciano con miedo.
Marcas indescifrables de lo que es estar atado
a la rueda imperecedera del tiempo
y sus colmillos afilados sobre las esperanzas de los tristes.
Huellas que dejan en mis suspiros
llagas perversas, alojadas en las arrugas de mis ojos
arrugas que delatan la macilenta fuerza de mis manos,
manos que esconden un secreto,
que surcan con música en el aire gris que nos corroe
Discreta contemplación del que tiene miedo de asomarse,
y se ve arrodillado frente a él mismo
agotado por tratar de escapar,
harto de querer dejar un cuerpo cansado de sostenerse
sobre ideas vanas, que lo definen como siervo
Un niño triste busca nuevos laberintos, ya no grises ni azules.
Las luces que lo cegaron ya no llaman a su instinto.
Niño triste que aprendió el arte de caminar en los bosques
viendo siempre, firme, hacia una estrella,
solo una, siempre la misma, la que posiblemente esté muerta
La esperanza es lo primero que un hombre libre deja a un lado.
La espera deja de ser una mujer vestida de negro
ve con odio a la leche, con odio mira el suelo
Niño que aprendió a defenderse
gracias al sempiterno arte de odiarse a él mismo
Palabras que no encuentran un caracol
por donde caer libres hacia el centro,
palabras que no encuentran defensas,
escudos lanzados al fuego
el agua fría que lo oxida todo
Nadie sabrá entender
lo que un hombre hace por perderse…
sábado, junio 24, 2006
Peste
Tus ruidos destilan
el veneno que otorgas,
tus palabras evocan
el primer silencio de los ajusticiados,
tus manos anuncian
los sabores perdidos,
los placeres amargos,
tus muslos murmuran
el grito ausente de un esclavo impúdico,
el amor definitivo de la luna en llamas,
tus pechos sentencian
la muerte perpleja ante venablos rubios,
el tiempo diletante en la profundidad del vaso,
tus ojos dos vidrios rotos clavados en las manos,
dos gatos sabios
que devoran a sus crías,
plagas que nacen para redimirnos.
Poema premiado en el Concurso Nacional de Poesía Escrita organizado por el Centro Internacional de Estudios Poéticos del Ecuador
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