jueves, agosto 10, 2006

ROJO Y NEGRO

El uno ha encontrado la ciencia universal
y no sabe como morir para escapar
a las torturas de su triunfo
E L


La desesperante batalla contra el insomnio había terminado, sabía que no tenía más que esperar a que sus ojos decidan cerrarse tras la voluntad del sueño. Pensó en la música, pero esos días nada lograba satisfacerlo. Las melodías de siempre le resultaban o tediosas o estridentes, su música se dejaba ver siempre igual, bajo el hechizo de la monotonía que había dormido a su inspiración desde hace mucho tiempo. El silencio le resultaba pesado, cargado del llanto de los tristes que ven en la noche ese rincón perfecto para ser invisibles.

Hurgó en el desorden del piso y encontró la cajetilla, arrancó el filtro de un cigarro y lo encendió luego de dos cerillos suicidas, o de que la torpeza de sus manos cansadas se concentrara en temblar alrededor de la punta. Las frenéticas chupadas llenaban al cuarto con el grito del cigarrillo, la música del fuego. Su incandescente punta lo seducía, el sonido parecía quemar todos los llantos que percibía en el aire nocturno, todas las penas que le resultaban ridículas. Pensó en la punta como una mujer enamorada, y su abrigo que lo protegía del mundo, su pasión siempre encendida, que resplandecía cada vez que él jugaba con sus labios en su cuerpo. Pensó en Morgana, la vio

El instinto del que todos hemos padecido o con el que todos hemos disfrutado, lo llevó a jugar con el calor, con la divina satisfacción que le daba el manipular la impredecible forma del fuego. Se enamoró del cáncer. Hacía el amor con el dolor que le provocaba, tan distinto al causado por cualquier mujer, lejano a cualquier dolor enviciante que lo cegaba y lo llevaba de la mano al mundo gris que tanto aborrecía. El dolor del cigarro lo apartaba, lo convertía en un ser arrogante, peligroso o simplemente estúpido, pensaba en lo bueno de cualquier cosa que lo excluyera de sus visiones diarias.

Fumó el cigarro hasta quemarse los dedos, y se sintió poseído. A su lado Morgana descansaba, y no podía creer la pasividad con la que lo hacía. Lo apagó en sus caderas y ella despertó con un grito, justo con el grito que él esperaba oír en esa noche tan cargada de penares ajenos. Se ahogó el silencio pesado, empezó el rito de seducción.

Morgana estaba alterada, avivada, intensificada por el dolor que el fuego grabó en sus caderas. Él, excitado, no podía dejar de ver la hipnótica cicatriz que había dibujado en la carne de su amada. Morgana volvió a hurgar en el desorden del piso, encontró los tabacos y encendió uno. Fumaba y, siempre callada, se daba pequeños toques alrededor de la nueva herida, él sonrió pensando en la posibilidad de haber escuchado su mente

- ¿Estas retocando mi obra?
- Imbécil, que idiota, me dolió… sabes que soy adicta.

Ella fumó una última vez y estiró el brazo izquierdo, el se abalanzó sobre el cigarro, justo antes de que Morgana lo apagara en la piel pulcra de su lado zurdo. Fumó una última vez y desprendió el cogollo encendido sobre la palma de su mano. Se consumió por completo bajo la delirante mirada de ambos. Luego, él saltó encima de su mujer, la besó con la delicadeza con la que se fuma en una noche de luna. Pero Morgana lo rechazó. Se paró, se vistió y se fue en un rito siempre temido por el.

Esperó en la casa, sentado, oyendo la pesada melodía de su tristeza, intuyendo el regreso, caminando, fumando, sintiendo miedo, parado, acostado, lejos de la guitarra. Pasaron dos noches, y a la tercera, la puerta rechinó. Él salió de su posición fetal y la vio, como iluminada con un fulgor desconocido. Se acercó a la cama y se desvistió, fue cuando él se puso blanco al ver que en su espalda resaltaba el relieve de cientos de cicatrices. Ya en la cama ella rompió el silencio

- No puedo explicarte porqué están ahí, sé que no me lo creerías.

El silencio y la noche devoraron sus mentes, cayeron dormidos con miedo y los dos soñaron con gusanos enroscados en sus vientres. La noche se fue en medio de los gemidos de angustia de ambos . Al despertar, las cicatrices habían desaparecido.

miércoles, agosto 09, 2006

Nada

Alguien acaricia el silencio de esta noche difunta.
Ni la muerte se atreve a tejerme un suspiro.

Entre tanta inmensidad de vacío,
entre tanta nada
se levanta
La puntualidad de la nostalgia a medianoche,
la inutilidad e impertinencia de la palabra,
el alma arrodillada que se humilla,
la mano extendida que clama por otra,
el aire que se escapa de mis dedos retorcidos,
la ausencia voluntaria de algún dios,
la silueta de quien me abandona,
la sospechosa ausencia de la luz,
los otros usos de la lágrima,
el dolor y su amarga resignación al tiempo,
la imperiosa necesidad de llorar con mi pluma.

Nada queda más que el grito apagado
que se filtra entre estos versos
que mi tinta ha desnudado.

Nada más que algún nombre mojado,
húmedo entre la saliva,
tibio, atrapado.

En esta noche que muere
soy yo quien extiende raíces al vacío

Soy yo quien acaricia al silencio.

martes, agosto 08, 2006

DIOS NIGROMANTE

Sentado frente al desfile, cansado.
Con las rodillas llenas de sangre, las manos duras
y las penas desnudas bailoteando alrededor de mi corona.
El suelo caliente marca el devenir del tiempo:
ríos, piedras fundidas en un grito, canto para ciegos enamorados.
La luna y su incesante parpadeo,
los días tambaleándose entre luz y oscuridad
al igual que las mil metáforas de los hombres

El diario ejercicio de la nigromancia
sacude mi paz, la que habita
dentro de las tantas muertes a las que acecho,
el orgasmo, el sueño, la risa,
la envidia de un dios que a diario se humaniza
por los dos segundos en los que me despoja de todo
y me arroja a la vigilia de la vida y el tiempo.
Me despierta y, como títere de humo,
hace que mi vida penda del viento impredecible.

Los diamantes del sol trizan mi mirada de cristal,
el ojo cíclope de la noche masturba mi tristeza.
Esta existencia tan mía, transfigura en un ente
que repta, deseoso de ver a sus encías
ensangrentadas por haber mordido hasta el último reloj,
el ultimo segundero, la ultima melodía humana.

Infame hijo del sol y de la luna
tiempo arcaico de Mayas, de Celtas, de Incas,
ennegrecido por el humo de las industrias,
elevado al espacio sublime del miedo
en donde el hombre ve su condena
en ese caminar musical que surca
fértiles suspiros llenos de odio.
Siempre detrás del inevitable fracaso,
siempre huyendo del postrero silencio.

Tiempo de piedra, no te congeles
desaparece...conmigo

martes, agosto 01, 2006

Tengo ganas

de cortarme las venas
con el filo de tu ausencia,
con tu silencio.

Regreso al hogar en ruinas

A C.

Incapaz de ti
tropiezo con tu nombre,
sonido infiel,
memoria difuminada,
eclipse celeste encerrado en su silencio.

–Hoy casi he podido olvidarte–

Incapaz de ti
abrigo tus formas,
demenciales permutaciones de la noche,
occisos adolescentes
urgidos en la turgencia del beso.

Incapaz de ti
puedo fingir,
jugar a la depresión,
respirar vidrios rotos,
sentir honesta alegría.

–Eras hermosa cuando te encontré,
hoy casi pude olvidarte
creo, algún día podré humillarte–


Incapaz de ti
puedo esperar,
acompañar al alcohol,
provocar círculos de hombres,
regresar a una página leída,
seducir a mi espera,
descansar en tu recuerdo.

Incapaz de ti
puedo olvidar
o sostener colores antiguos
con las pinzas de la edad,
puedo olvidar
o prodigar lágrimas esquivas
con el tormento de la ausencia,
puedo olvidar
u obsesionarme en tu decadencia,
en mi escritura infame.

–Hoy te olvidé: sentencia de muerte–.

Poema premiado en el Concurso Nacional de Poesía Escrita organizado por el Centro Internacional de Estudios Poéticos del Ecuador